Recomiendo la lectura de este original blog
http://www.omeacatl.org/tlamatiliztli/?p=1245
El genoma humano, la civilización. (Capítulo 12)
12. LOS INICIADORES DEL CAMBIO COLECTIVO.
Tlacatzin Stivalet Corral
Tlacatzin Stivalet Corral
En el remoto caso de que fuese posible que, en nuestro «aquí» nuestro «ahora» nacionales, pudieran estar presentes algunos de los primeros Homo sapiens sapiens, notaríamos muchas diferencias. Empezando por la lengua; sin duda alguna, no entenderían la lengua que estamos hablando. Su apariencia sería más bien la de “changos peludos”: gorilas, chimpancés, orangutanes, gibones, et cetera. En caso de portar vestimenta alguna, simplemente estarían cubriendo alguna parte de su cuerpo, quizás sólo su sexo.
Explicar las diferencias entre ellos y nosotros nos corresponde a quienes vivimos «aquí y ahora». Ellos se ubican atrás de nosotros en el proceso de «evolución». Dicho al revés, nosotros estamos ubicados adelante de ellos en el proceso que inició sobre nuestro planeta hace 3,200 millones de años. Ir adelante nos responsabiliza de la situación. Lo primero que resulta notable es el cambio. Tiene que aceptarse que algo ha estado pasando en los anteriores 100,000 años que contribuyó al proceso de «humanización».
Comprender lo ocurrido es de prioritaria importancia para quienes viven en la República Mexicana y tienen una edad cercana a los veinte años. Nuestra patria está inmersa en un proceso de cambio histórico acelerado. A los jóvenes del presente les correponde hacer historia: iniciar el cambio. Ellos, los que tienen veinte años, son quienes tienen mayor necesidad de entender cómo es que se lleva a cabo el «proceso civilizatorio». Tienen sólo 40 años para completar la consecuente tarea generacional.
Para mejorar a nuestra patria, para que dejemos de ser un país de “mexicanos apocados” y nos convirtamos en un país de «adultos civilizados», es preciso que los jóvenes se comprometan, cada joven consigo mismo, cada uno con su propio corazón, que todos emprendan una intensa búsqueda de los secretos de la «evolución», de los misterios de la «civilización», de los grandes arcanos del proceso que nos hace cada vez más humanos: para así encontrar todos la esencia del género Homo.
Quienes primero encuentren el camino tienen la responsabilidad de «guíar» a otros jóvenes para que todos logren integrarse en la construcción de una patria más evolucionada, cuya característica más notable sea la «civilización»: con armonía social, con armonía política, con armonía económica, con armonía familiar y con armonía educativa. Los cambios evidentes al compararnos con los Homo sapiens sapiens de hace 100,000 años garantizan que los jóvenes poseen potencial para lograrlo.
Afortunadamente, en el presente ya se cuenta con suficiente información histórica como para reconocer a quienes han marchado adelante en el proceso de «civilización». Existen muchos «ejemplos a seguir». Pero, justo es reconocerlos, existen muchos más «ejemplos a no seguir». Por esto mismo, los jóvenes actuales tienen que ser muy cautelosos, necesitan actuar con gran sigilo en la investigación de quienes son recordados por sus pueblos como grandes «guías espirituales», como «grandes iniciados».
Para este trabajo hay que tener presente que cada uno de nosotros, los seres vivientes todos, poseemos cinco instintos básicos: de espacio, de tiempo, de placer, de pervivencia y de armonía. Esto es lo que nos permite a los humanos la «toma de conciencia», entendida esta locución como ‘percepción dinámica del grado de armonía entre nuestro ser interno, integrado por nuestro instinto de placer y nuestro instinto de pervivencia, y nuestro entorno, enmarcado en nuestra percepción del espacio y del tiempo’.
Si cada joven realiza su propia «toma de conciencia», podrán todos reunirse a tomar «conciencia colectiva»: para ser «civilización». Esto los convertirá en poseedores de «cultura», entendida esta palabra como ‘saber y hacer propio de una persona y de un grupo humano que da identidad colectiva en lo social, en lo político, en lo económico, en lo histórico y en lo educativo’. Es deseable que la «cultura» siempre sea consecuencia de la «civilización», entendida ésta como se anota más arriba.
La «identidad» conseguida así será altamente armonizante. Quien logre esta aspiración genuina puede, por merecimiento propio, aspirar a ser «guía esclarecido» de quienes desean transitar por el mismo camino en el cual él ya va avanzado. En el logro de esta aspiración, cada ser humano está solo. Uno no puede preguntar sobre el cómo. Nadie puede informarnos de lo que es consecuencia de encontrar nuestra propia realidad, nuestra propia «verdad», nuestro propio «arcano», del cual cada quien posee la única llave.
En esta lucha titánica, los jóvenes del presente no están solos. Según Carl Gustav Jung, los humanos nos acercamos a la «causalidad», la relación entre las causas y los efectos de los fenómenos naturales, a través de nuestra «mente», ésta es la base del «pensar científico». En cambio, la «sincronicidad», la aparición de coicidencias significativas, es percibida a través de nuestra «psiquis», de una manera aparentemente no lógica, es decir, que no opera según la ley causa efecto simple.
Quienes inician los cambios, los llamados «iniciados», logran armonizar la «causalidad» con la «sincronicidad»: son capaces de percibir simultáneamente a través de su «mente» y de su «psiquis»: viven permanentemente unidos a su espacio y a su tiempo. Su «aquí» y su «ahora» son totales: el universo entero desde el momento mismo del «gran estruendo» ocurrido hace 9,000 millones de años. Los «grandes inicidados» fueron capaces de asumir su identidad dual: ser simultáneamente «espacio» y «tiempo».
En realidad, hay que empezar reconociendo que todos nosotros también somos «espacio» y «tiempo». El tiempo no es una entidad ajena a los humanos. De la misma manera en que todo «lo vivo» que existe sobre nuestro planeta, los humanos todos giramos en su entorno cada vez que nuestra «gran casa» da una vuelta sobre su propio eje y circulamos todos alrededor de Sol cada vez que nuestro planeta completa una órbita en torno a nuestro astro céntrico. Esto integra la «causalidad» y la «sincronicidad».
Cuando quienes viven inmersos en una «cultura» pierden esta perspectiva dual, la consecuencia es la desaparición de la «fuerza civilizatoria» de dicha «cultura». Lo anterior puede explicar la desaparición de los pueblos egipcio y sumerio, quienes vivieron lo que los estudiosos han dado en llamar “el inmovilismo de la primera creación”. Al atribuir a fuerzas ajenas al «genoma humano» los fenómenos humanos, los llamados “dioses”, tanto egipcios cuanto sumerios se auto condenaron a la extinción.
En cambio, los chinos y los antiguos anahuacas perciben la «realidad» como cambio continuo, por esto es que siguen vigentes ambas «culturas». En efecto, en la llamada Piedra de los Soles, también conocida vulgarmente como Calendario Azteca, en nahua Cuauhxicalli ‘jícara del águila [solar]‘, se hace un recuento de la «causalidad» y la «sincronicidad» de las cinco eras históricas llamadas «soles». En cada uno de los «soles» hubo «sincronicidad» entre todos los nahuahablantes adelantados.
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Sobre la imagen que acompaña este capítulo: Figura que decora el llamado “Palacio de Quetzalpapalotl”, en Teotihuacan. Para el Maestro Tlacatzin Stivalet, esta figura es la representación del modelo de la realidad generado en Anahuac. Cada “pétalo” de la “flor” representa, entre otras cosas, cada uno de nuestros instintos humanos, así, los dos “pétalos” que forman el eje “vertical” representan nuestros instintos de pervivencia y placer (Quetzalcohuatl y Xipeh Totec, en lengua nahua) y los dos “pétalos” que forman el eje “horizontal” representan nuestros instintos o percepciones de espacio y tiempo (Tezcatlipoca y Huitzilopochtli, en lengua nahua); el centro de la “flor” es la representación de nuestro instinto de armonía (Ometeotl, en lengua nahua). La figura lleva por nombre Macuilcan ‘espacio péntico, tiempo péntico’, en lengua nahua.
Sobre la imagen que acompaña este capítulo: Figura que decora el llamado “Palacio de Quetzalpapalotl”, en Teotihuacan. Para el Maestro Tlacatzin Stivalet, esta figura es la representación del modelo de la realidad generado en Anahuac. Cada “pétalo” de la “flor” representa, entre otras cosas, cada uno de nuestros instintos humanos, así, los dos “pétalos” que forman el eje “vertical” representan nuestros instintos de pervivencia y placer (Quetzalcohuatl y Xipeh Totec, en lengua nahua) y los dos “pétalos” que forman el eje “horizontal” representan nuestros instintos o percepciones de espacio y tiempo (Tezcatlipoca y Huitzilopochtli, en lengua nahua); el centro de la “flor” es la representación de nuestro instinto de armonía (Ometeotl, en lengua nahua). La figura lleva por nombre Macuilcan ‘espacio péntico, tiempo péntico’, en lengua nahua.
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